Todo año que despierta acostumbra a concitar ilusión con nuevos o viejos retos que agitan la ilusión, al mismo tiempo que producen un estímulo renovado que desemboca en un aliciente primordial para cualquier deportista.
El estreno suele ir acompañado de algún cambio o retoque. En ocasiones, será ornamental, en otras de vestuario, en algunas de militancia; condicionantes todos que ayudan a imaginar un horizonte novedoso, transformado al menos, aún a costa de ser repetido.
La temporada ciclista viene acompasado con el año natural. Los cambios y estrenos surgen desde el uno de enero. De un día para otro, lo pretérito se transforma en viejuno, en pasado. La novedad inaugura el calendario.
La primavera se divisa más cercana, a pesar de la gélida estación por la cual trascurrimos.
La primavera es la primera meta para el ciclismo. Con ella llegarán las inaugurales carreras, nerviosas y trepidantes, propicias para las caídas, que trastocan los planes engordados desde la sobrestimación.
La primavera es la primera meta para el ciclista. Con ella se inauguran las grandes carreras.
Mientras tanto llega el día esperado, la ilusión crece al compás de la vanidad. Puerta enrevesada — bien y suficientemente engrasada — es indispensable para el éxito, pero que, de ser excesiva y rebosante, terminará por convertirse en frustración y abandono prematuro.
Kilómetro cero
Los cuentakilómetros se ponen a cero. Las cábalas son incontables.
Todavía falta para que el paso del tiempo armonice la realidad con la ensoñación. Nos quedará el consuelo que brinda la constancia para alcanzar todo progreso.
El ciclismo es un deporte coordinado con la naturaleza y con el calendario anual.
Queda menos para la primavera, para los días de sol, para la llegada del calor, para que comience la primera carrera.
Feliz 2026 ciclistas.


