Hinault, el Caimán

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En 1984 Hinault tiene en su palmarés dos Vueltas, dos Giros y cuatro de sus cinco Tours. Un 12 de marzo de aquel año, en la quinta etapa de una Paris-Niza, a las afueras de Marsella inicia una escapada con visos de éxito. El ataque coge mal situado al líder, el peculiar Robert Millar, abriendo la suficiente brecha para poder arrebatarle el liderazgo. Pero de pronto, todo se viene abajo. La carretera está invadida por unos trescientos manifestantes del astillero francés La Ciotat. Hinault, cual caballero bretón, brazo en alto, arrambla a puñetazo limpio con aquella infantería de obreros absortos. Las imágenes de la época hablan por sí solas. La fiereza del ciclista describe al personaje. Aquellos trabajadores habían osado frustrar las ansias de una nueva victoria del Caimán.

Hinault es el último ciclista que ha conseguido doblar en modalidades de competición tan diferentes.

Todos contra Hinault

Hinault emergió entre dos épocas, la de aquellos gigantes artesanales y legendarios de Coppi, Bartali, Anquetil hasta Merckx, y la que lideraron la explosión del ciclismo moderno de los ochenta con los Fignon, Lemond, Roche y Delgado. Mis primeros recuerdos ciclistas como niño español son las de aquel francés orgulloso mostrando su poderío como patrón del pelotón de la época. Todos contra Hinault. El golpe de riñón de su cadera inmóvil le dotaba de una potencia prodigiosa, irguiendo una figura rocosa que a la vez solía ir acompañada de una mandíbula en tensión. Es la imagen imperecedera del bretón sobre la máquina de la verdad, la bicicleta. Una verdad incansable del oropel de la fama y del brillo del maillot del líder.

Relevo del Caníbal

Años antes, en los tiempos en el que Eddy Merckx escribía sus últimas crónicas de gran campeón, el ciclismo creía entrar en orfandad. El imperio del belga había sido absoluto. El final de Caníbal incluía el ocaso del ciclista más querido de Francia, eterno segundo, Poulidor. Era el final de una época agotada. Todos se preguntaban si habría un nuevo Merckx, sin saber que ya estaba entre ellos. Las similitudes entre el Caníbal Merckx y el Caimán Hinault son muchas. Ambos eran ganadores natos, ambiciosos hasta llegar a imponer un respeto reverencial y obsesivo entre sus rivales. Incluso su morfología era idéntica. Corpachones con una prodigiosa caja de cambios en motores potentes y resistentes a cualquier inclemencia, climática u orográfica. Hasta su retahíla de triunfos disputan quién de ambos fue mejor entre puristas y estadísticas.

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Bautizado en sangre

El heredero consagró su revolución en el Col de la Bastille en su primera Dauphiné en 1977. Hinault bajaba a sarcófago abierto, parafraseando al mallorquín Vallori, y de pronto, el silencio. El joven ciclista desapareció en medio del vacío. La imagen, un pretil y un barranco frondoso y oscuro. Miedo y el peor de los temores se ciernen entre los directores. Hasta que aparecen unos guantes ensangrentados y la cara roja encolerizada de Hinault. De aquel despeñadero nacía un campeón de época. El ciclista se subió de nuevo a su bicicleta, y por supuesto, ganó la etapa. Era el inicio de su leyenda. Ganó varios Giro, La Vuelta y Tour de Francia. También clásicas. Es el último ciclista que ha conseguido doblar en modalidades de competición tan diferentes. Detestaba la clásica de las clásicas, la Paris- Roubeix. La llamada Infierno del Norte, como dice su apelativo no es una carrera para cualquiera. Pues bien, Hinault demuestra su raza legendaria ganándola de arco iris. ¨Ya la he ganado. No vuelvo más a esta mierda”, dijo después de bajarse de lo más alto del podio. Y no volvió.

Por la puerta grande

La Francia efervescente de Miterrand coincidió en la mítica Renault Gitane con Laurent Fignon, aquel rubio de gafas y coleta rubia. Maestro y pupilo al principio y que desde muy pronto se convertirían en rivales acérrimos, siempre desde el respeto mutuo. Pero si aún se vive entre la afición francesa la dualidad que entablaron el parisino y el bretón, no es menos memorable la que nos conduce al último y quinto Tour de Hinault. Un joven americano formado en Francia por nombre Greg Lemond tiene el Tour en sus piernas en 1985. Es compañero de equipo, y qué equipo, La Vie Claire del mafioso Bernard Tapie. Este y toda Francia quiere el quinto Tour para Hinault. Finalmente, se cumple lo previsto. Hinault alcanza el olimpo del ciclismo, no sin antes reconocerle la deuda deportiva al joven y prometedor compañero. Anuncia su retirada para el Tour del 86 y en carrera se ‘olvida’ de su promesa. Se vuelve a enfundar el maillot jaune y obliga a Lemond a atacar en los Alpes. El clima en el equipo es irrespirable. El Caimán ha caído, pierde el liderato, pero en el Alpe d´Huez quiere ser él quien corone a su sucesor. Ambos entran victoriosos en meta. Hinault vuelve a alzar el brazo como en Marsella, pero esta vez para levantar el de Lemond; eso sí, con su tubular media rueda por delante de la del americano.

Sobre Fernando Gilet

Actual presidente de la Federació de Ciclisme de les Illes Balears. Retirado de la política, fue teniente de alcade de Cultura y Deportes de Palma (2011-15).

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